Cuando una persona averigua que es autista, se abre para ella un nuevo mundo de información que puede ser abrumador. Por un lado, puede sentir alivio al encontrar una explicación a lo que siente y percibe en su vida, y al descubrir que hay una gran comunidad autista que experimenta lo mismo. Eso es maravilloso, pero también puede sentir que no sabe por dónde empezar para vivir de otra forma, más respetuosa y acorde con las necesidades no comprendidas hasta ahora.
Seguramente, la persona con un diagnóstico tardío habrá pasado gran parte de su vida tratando de encajar en el mundo, de encontrar su sitio y sintiéndose perdida por las emociones que experimenta. Estas emociones incluyen sentirse desbordada por la cantidad de información que recibe —a nivel sensorial, emocional y social—, estar agotada por las exigencias de la sociedad —a nivel social, laboral o familiar—, sentirse diferente de los demás en la forma de relacionarse o sentir, o no comprender el mundo tal y como funciona.
Al descubrir que es autista suele empezar un camino de autocuidado y autoescucha, y es necesario soltar las antiguas presiones o exigencias que la han estado dañando durante tantos años. Ahora toca volver a reencontrarse, aprender a poner el foco en uno mismo en vez de intentar ser como los demás y respetar las propias necesidades. Se trata de una gran liberación, pero también requiere aprender nuevas formas de escucharse, cambiar el ritmo de vida y replantearse las exigencias que se habían dado por supuestas hasta entonces.
Por ello, la terapia con un profesional de la psicología especializado en autismo desde una perspectiva neuroafirmativa es tan recomendable: facilita ese proceso de cambio hacia comprenderse mejor, escucharse, respetarse y tomar decisiones desde la conexión con uno mismo. El terapeuta permite que la persona se exprese, se comprenda, descubra los patrones que le impiden avanzar y recupere la confianza en su propia voz.